Adam Smith, el que es considerado padre de la Economía política, en su célebre obra La riqueza de las naciones publicada en 1776, entendió la economía en términos de crecimiento. Ese afán de crecimiento llevó a Marx a anticipar las crisis periódicas del capitalismo y que ni el keynesianismo, a base de medidas estatales en materia de gasto público, ni la nueva economía, aquella que supuestamente iba a sustituir la economía financiera por el ciclo real de los negocios, han podido elidir. En la economía clásica ya se habló en su momento de algo parecido a lo que hoy denominamos crecimiento cero. De hecho John Stuart Mill trató de los beneficios del crecimiento estacionario. Malthus, Jevons, Clausius y Gubert ya anticiparon planteamientos restrictivos al crecimiento.
La publicación en 1972 de Límites del crecimiento, que fue el resultado de una investigación del MIT dirigida por Jay Forrester, supuso la actualización de un debate clásico en torno al crecimiento estacionario. Y en la actualidad, con el desarrollo de los conceptos de huella ecológica y de globalización, ha surgido con fuerza un movimiento que reivindica no solo el crecimiento cero, sino el decrecimiento como forma de garantizar el desarrollo de todos los pueblos y la sostenibilidad.
Desde mi perspectiva, pensar en términos de una nueva economía del agua significa asumir que nos encontramos en un cambiante contexto social, económico y ambiental, es decir, cultural, y, por lo tanto, bien diferente al de hace algunas décadas. Significa también aceptar que las preguntas o cuestiones pertinentes para abordar los problemas del agua son, en la actualidad, distintas de aquellas preguntas que eran pertinentes años atrás. Y, por último, significa también que existe una diferente percepción social de lo que es y lo que representa el agua, así como de las funciones que satisface.
Federico Aguilera Klink
La nueva economía del agua